EL INVITADO DE BODA
Probablemente no te hubieras percatado de él, ninguno de los otros doscientos invitados lo hicieron. Estaba sentado, solo, en una de las mesas más apartadas del salón; era un hombre joven, con menos de 30 años. Su apariencia, altura y complexión eran normales. Su vestimenta tampoco se diferenciaba de la del resto de los asistentes masculinos: traje negro y camisa blanca con pajarita.
Y, sin embargo, se sentía extraño y fuera de lugar sentado allí solo.
Todos los invitados con los que había compartido mesa durante la comida estaban ahora bailando, pero este joven era tímido por naturaleza y no tenía novia. Así que decidió quedarse sentado y observar la fiesta.
No podía negar que el banquete había sido magnífico y sin miramiento de gastos. A los cócteles de champán le siguió una exquisita cena de seis platos, amenizada por una banda de jazz en vivo en los intervalos y baile. El lugar sí era espectacular. Se trataba de la Suite Royal para banquetes de uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Nunca había sido demasiado extrovertido y estar en un salón con doscientos extraños no era su idea de diversión. A la única persona que conocía era al novio, un viejo amigo al que no había visto en años. De hecho, le sorprendió recibir una invitación para la boda.
Observó a su amigo que bailaba mejilla contra mejilla con la novia. Parecían muy felices juntos y el joven no pudo evitar sentir envidia y preguntarse si estaría él en el lugar del novio algún día.
" ¿ Porqué ? ", pensó, " otra gente se casa, asienta y tiene hijos y yo no consigo mantener una relación con una mujer por más de unos meses?. " El problema no radicaba en encontrar chicas con las que salir, sino en encontrar a la chica adecuada, alguien con quien mantener una relación estable, alguien con quien deseara pasar el resto de su vida.
A veces, sólo pensar en su situación le deprimía. Comenzaba a creer que algo andaba mal con su persona por no ser capaz de mantener una relación intensa y duradera. En otras ocasiones se decía a sí mismo que no tenía suerte. Quizás sus amigos tenían razón y el amor era cuestión de destino: los astros te lo daban o negaban. No se podía hacer nada al respecto: cualquier día te topabas con él o podía no ocurrir nunca.
Sólo se había enamorado una vez, dos años atrás, pero incluso esa aventura no había durado más de 3 meses. Cuando rompieron, se sintió desolado y destrozado. Durante semanas no estuvo en condiciones de comer ni dormir adecuadamente. Después de ese desengaño y pesadumbre se prometió que nunca más iba a dejar que alguien le hiriera de esa manera.
Mientras tanto, observaba a las parejas del salón: unos abrazados y riendo, otras bailando y cantando. Se intentó convencer de que era mucho mejor seguir solo y soltero. Después de todo, ¿ Cuántas relaciones realmente duraban?
¿ Cuántas parejas siguen juntas después de unos años? Al menos, siendo soltero no tendría que pasar por el dolor de la separación y la pérdida. Y además, era libre, libre de hacer e ir a donde le apeteciese.
Fue entonces cuando, al pasear la mirada por la habitación, vió algo que le inquietó, algo que le recordó que el amor duradero era posible y que las relaciones estables existían: en medio de la pista una pareja de ancianos bailaban muy abrazados y sonriéndose con la mirada. Mientras el joven los contemplaba, se preguntó si, por alguna suerte de milagro, existiría alguien esperándole a él también.....en algún lugar.......